
Por lo menos cinco cumbres de paz han convocado a los líderes israelíes y palestinos para buscar la forma de lograr el tan ansiado fin a las hostilidades en Medio Oriente. Las mismas veces, con kefias, kipás o indumentarias occidentalizadas, se han estrechado las manos y han posado sonrientes para las cámaras fotográficas de todo el orbe. Han prometido paz a raudales y, con sendos espaldarazos, han intentado borrar de un gesto y una firma tanta sangre y dolor derramados. Sin embargo, con el correr de los días, los ataques masivos de uno y otro bando asfixian cualquier aspiración de armisticio. En definitiva, los actos aniquilan las letras, rúbricas y consignas de buena voluntad. Todo vuelve a cero.
El primero de los grandes "acuerdos" fue el de Camp David, en 1978. Por ese tiempo, el presidente egipcio Aswar El-Sadat y el premier israelí Menachem Begin negociaron la paz con la mediación del Presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter. Este tratado sí surtió un efecto inmediato para los involucrados, pero se transformó en una especie de "maldición de origen" constante para los acuerdos (o intentos) venideros.
Luego en 1991 la conferencia de paz de Madrid relanzó las negociaciones, no sólo entre Israel y Palestina, sino que también involucró a Egipto, Siria y Líbano, con la intención de anteponer la paz como un principio negociador y estratégico. A los días, un ataque de autobomba acababa con la vida de decenas de palestinos, quienes lo reivindicaron con un símil en territorio israelí.
La paz no prosperó y retocedió de sus propios mínimos. Los conflictos continuaron su escalada, en el contexto de la primera Intifada. Con ello, se consagró la idea de una guerra abierta, sin leyes ni lógicas, que sólo se amonioró en 1993. En ese año "se relanzó la paz" con los Acuerdos de Oslo. El gran avance de esta reunión-especialmente para un Yasser Arafat que se cristalizaba en el poder- fue el reconocimiento de que los palestinos existían por parte de los israelíes. Pasaron de ser la casi etérea OLP a la Autoridad Nacional Palestina. Además, se comenzó a hablar tímidamente de un Estado para los árabes... pero de capitales ni pensar. En lo práctico (simbólico, para mi gusto) se devolvió el control de algunos territorios y asentamientos de Cisjordania para los palestinos, sin embargo, los israelíes seguían ejerciendo soberanía sobre las carreteras, dejando grandes bolsas de poblaciones árabes incomunicadas.
Y luego vendrían otras cumbres. En 2000, nuevamente Camp David escenificaría las señales políticamente correctas, pero al año comenzaría la segunda Intifada, con otra ola de masacres y pólvora a cuestas. Luego en 2005, el balneario de Sharm El Sheij, en Egipto, pareció consolidar la paz, en el contexto de diálogo entre dos líderes relativamente "abiertos": Mahmoud Abbas y Ariel Sharon (esto es discutible, en el último caso). No obstante, transcurridos sólo meses -y con el plan de desconexión de Gaza en marcha- Sharon sufrió una aguda descompensación que aún lo mantiene al borde de la muerte. En su reemplazo, Ehud Olmert volvió a la política intransigente de Benjamín Netanyahu. En la otra vererda, el movimiento radical Hamas desplazó en la mayoría a los moderados de Al Fatah, con lo cual Palestina pierde parte del respaldo europeo y el piso político de Abbas se vuelve incierto, aún hasta hoy. A un tris de la calma, el puzzle regresó a su caos original.
En Annapolis, hace sólo días, los líderes volvieron a estrecharse las manos. Esta vez, los protagonistas fueron Abbas y un sonriente Olmert. A las horas, un autobomba quitó la vida a 12 personas en Jerusalén. Más tarde, una represalía vengó esas muertes con una veintena de palestinos muertos en la Franja de Gaza y Cisjordania. Si hubiese que medir los litros de sangre versus los de tinta vertidos parta dibujar este conflicto, no sería difícil imaginar el color final de ese mapa de Israel-Palestina o como se llame esa tierra condenada a un espiral de represalias, reivindicaciones, promesas incumplidas y cadáveres sin nombre. Bajo todo ello, persisten tomos y tomos de una enciclopedia escrita con letra muerta. Páginas sólo leídas por las cámaras y los lentes de los medios, como tregua al sinsabor de una guerra que parece haber prevalecido sobre "las justas razones", esgrimidas como palos de ciego.