
"Buenos Aires se ve tan susceptible", reza la emblemática "Ciudad de la Furia" de Soda Stereo, en su melancolía urbana, de ángeles opacos y transeúntes de abrigos negros. La canción pasó por mis oídos una y otra vez.. y no dejé de encontrarle razón a la voz de Cerati mientras me sumergí en la capital argentina, en sus recovecos europeizados, la exageración arquitectónica, el semblante asertivo de sus habitantes, entre el olor de la humedad atlántica, la urbe que se mueve como una bestia sin domar, la belleza ajada pero intensa, las cicatrices de la crisis económica y un discurso que evoca al pasado luminoso de los 40.

Cuando pisé Buenos Aires lo primero que me hizo comprobar que estaba ahí, en el corazón argentino, fue el Luna Park: gigante, divertido, histórico. Pensé en los discursos políticos de antaño, los conciertos ochenteros de Virus o Charly García en medio de la histeria patria por las Malvinas perdidas, la aversión a todo lo que sonara anglo y el chauvinismo... tal vez una de las características más evidentes del país de los mates.

Pasé también de noche por la Casa Rosada, y claro, de inmediato el recuerdo de Madonna rasgando sus cuerdas vocales en 1996, desde el mítico balcón, trascendió la fama de la misma Evita con su "Don't cry for me Argentina" y la renuncia histórica a competir por la vicepresidencia junto a Perón. Las banderas albicelestes que en el Buenos Aires de abril de 2009 lucen a media asta por la muerte de Raúl Alfonsín... la noticia que marcaría todo el periplo.


En los intensos cuatro días, nos sumergimos con Lorena y Adriano por el barrio de San Telmo y su perseverante lucha por mantenerse intacto e incólume de la vorágine. Sus heladerías, el restaurant Federal con sus increíbles bifé de chorizo, las calles de hormigón reemplazadas por el adoquín, la feria del domingo con su evocativa exhibición que se camufla en el pasado perfecto, los sifones, teléfonos de disco, figuritas, mates, joyas y recuerdos... más allá los negocitos que se mantienen vivos (acá los supermercados son excepción) y los innumerables museos creados a partir de cualquier pretextos... Museo de refugiados checos en Argentina, Museo del ferrocarril antiguo de la costa, Museo del aniversario 100 de Avenida de Mayo... museos y teatros, cafés y boliches, librerías, confiterías, heladerías... multiplicadas, repletas, vivas, apelando a volcarse y ocupar el espacio público.

También conocimos Recoleta y su boato de tiendas de lujo y fachadas preciosas, el barrio de Palermo con su parsimonia italiana, la feria del libro usado donde -por fin- encontré "De parte de la Princesa Muerta" a un precio razonable, las tiendas de origamis, vinos argentinos, tiendas de lámparas, boutiques enfrentadas unas a otras en su anulada lucha creativa y vanguardista.. y la tarde colándose por los árboles y los letreros fastuosos.

El recorrido incluyó, por cierto, el colorido Barrio La Boca, con sus fachadas de utilería tanguera, sus calles repletas de turistas-fotógrafos, los souvenires y los héroes del país... un chico bailando como gaucho, figuras de Eva Perón, Maradona y Gardel saludando desde las alturas, los mates y frascos de dulce de leche, banderas albicelestes y acordeones... Luego, Puerto Madero y la bofetada contemporánea hacia el futuro, para convertir a Baires en la urbe que mimetiza a Nueva York en Sudamérica.. grandilocuente, audaz, divertida, y por sobre todo, exagerada.

También visitamos el Cementerio de Recoleta, con el santuario-tumba de Evita, la peregrinación a Alfonsín (recién enterrado y cubierto de flores y fieles despidiéndolo), los ángeles y estatuas que contrastan con la ciudad desatada histéricamente afuera...

Además, seguimos la ruta del mítico Café Tortoni, con sus expresos humeantes, facturitas y olor a pasado en los muros de madera noble, proseguimos por el Parque Japonés, el Congreso Nacional, el majestuoso Teatro Colón, la Librería El Ateneo (¡!) y las el sinfín de calles, esquinas, fachadas, el viejo metrotrén de madera (una joya), buses colorinches y el apetito bullente de Buenos Aires...humanizado en mi cabeza como un adicto a la noche, la intesidad, la buena vida y la risa sin grilletes.
De vuelta, me encontré con Santiago de noche, distraído, semidormido... y no dejé de pensarlo personificado como el estudiante estructurado, que combate consigo mismo y sus pasiones... y no sonríe nunca en su competitivo afán de disciplina. Quizá nunca haya sido así o, tal vez, momentáneamente, me deshice de su nostalgia en el país de la intensa exageración.