martes, octubre 27, 2009,9:13 AM
La ciudad que desaparece bajo la piel

El violento paso del mal llamado "progreso" va dejando sus heridas en la ciudad que conocí de niño.. y que lentamente comienza a morir bajo su nueva piel de hormigón y espejos. El Valparaíso de antaño, que se movía lento al ritmo de troles, ascensores y barcos entrando seguros e imponentes por la bahía, está dando paso a una urbe que sucumbe a la sed inmobiliaria, impuesta por la nueva moda de vivir en la ciudad de los cerros... Lo peor es que a nadie parece importarle demasiado, mientras no afecte el cómodo metro cuadadro.

Ayer recorrí con tristeza el antiguo edificio de la Chilena Tabacos. El clásico inmueble moderno en curva de Avenida Colón que resistió el terremoto y representaba el signo de un Valparaíso que se abría a las industrias en los 60. Hoy está siendo demolido porque el terreno fue vendido a una inmobiliaria que levantará dos inmensas torres de departamentos: el privilegio de la vista para unos pocos a cambio de un símbolo permanente de vejación patrimonial. ¿Y alguien dice algo? Fuera de los grupos ciudadanos que dan la pelea en el Concejo Municipal, parece que el tema no despierta las suficientes conciencias. Los ciudadanos de pie se desviven por asuntos cotidianos, como el vecino que hizo un segundo piso y tapó en centímetros la vista a la bahía... pero, ¿no interesan, acaso, los efectos verdaderamente violentos de moles de concreto que amenazan con convertir a Valparaíso en un enjambre de edificios sin estilo?





Mi recorrido siguió por el ya extinto Hospital Alemán, el lugar donde nací hace 30 años. El que fuera el recinto hospitalario de la clase media porteña (en vías de extinción) hoy se ofrece para el apetito de las constructoras que no harán otra cosa que levantar edificios de lofts y snobbismos parecidos. Con ello, vuela de un plumazo la historia de vida de tantos porteños que recuerdan su maternidad como si fuese el primer hogar. La junta de accionistas dice que las cuentas no cuadraron, y que es más rentable instalarse en otro sitio, como Viña del Mar. Seguramente el terreno será otra conquista para el red set que ha capitalizado el cerro Alegre con sus reductos de aspiración y arribismos... pero con la suficiente paz mental que podría darles una ciudad pobre como Valparaíso, en el contexto de las luchas sociales de antaño que siguen alimentando el discurso vital de su permanencia política.

La última parada del triste recorrido: el ascensor Villaseca, el segundo más alto del puerto, después del Mariposa (recientemente cerrado). Se convirtió en un cúmulo de fierros oxidados luego de que construyeron la aberración de túnel y viaducto sobre Avenida Altamirano. Recuerdo una tarde con mi madre, hace más de 20 años, cuando tomamos el ascensor... íbamos de visita donde una amiga de ella que tejía verdaderos fardos de lana junto a su gato negro. Comimos roscas y tomamos té (de tetera), mientras el atardeceder encendía el puerto de antaño. Luego bajamos raudos por el mismo "trencito vertical" que hoy se convierte en óxido y pátina. El hermoso funicular que muere mientras la bahía desaparece tras la sombra de los edificios que, en pocos años, se convertirán en el telón de concreto para lo que fue el más bello anfiteatro del Pacífico.
 
Escrito por Manuel
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domingo, mayo 17, 2009,7:35 PM
Tía Sonia
De mi Tía Sonia tengo tantos recuerdos como historias. Pienso en su voz, en su delantal de enfermera siempre blanco, en su marcado temperamento y de pronto todo retrocede 15, 20 años atrás y la veo llevándome de la mano a la playa de Caleta Abarca. La repito comprándome lápices, camisas, helados.. o dándome secretas y cómplices monedas cuando me despedía de ella en la puerta los domingos.

A medida de que los años avanzaron su presencia se fue delineando aún más. Recuerdo que cuando mi mamá se fue ella se convirtió en una madre desde lejos y cerca. Disciplinó algunos de mis pasos adolescentes, sus visitas aumentaron la frecuencia y, al tiempo, comencé a beber de su carácter, su forma de ver la vida, su determinación. Me enorgullecía llevar su lunar en la nariz y admiraba su valentía frente al dolor físico. Quizá lo mismo transmitió en las inyecciones y vacunas que inoculó muchísimas veces en los brazos de toda la familia.


Luego, al partir mi padre, revivo la imagen de mi Tía Sonia destruyéndose en desesperación por apenas un minuto, para luego respirar muy hondo y asumir las determinaciones. Su frialdad de enfermera actuó en un parpadeo: rápidamente lo dispuso todo con el único propósito de que el dolor fuese lo más leve posible para los tres hermanos que lo perdían todo. Desde entonces, su maternidad fue absoluta.

Mi Tía Sonia es tal vez la única persona que me expresó orgullo por alguno de mis logros. Fue la única que estuvo pendiente de las noticias de su sobrino en la radio. Fue la que secretamente supervisaba mi crecimiento. La que me contuvo en los mayores dolores y la que me enseñó a no llorar "por fuera".


Este viernes mi Tía partió silenciosamente. Tal como siempre dibujó su vida, lo hizo casi en secreto a sólo horas de ser dada de alta. Se fue con la historia de la familia en los ojos. Nos dejó con sus misterios y el dolor abierto. Sin embargo, paradójicamente, su partida me reveló algo que sólo ahora alcanzo a comprender: este viernes no perdí a la tía de siempre, sino despedí a una verdadera madre, a la engendradora, la que siempre me refugio en su calor y en su disimulo. Sin muchas palabras ni caricias, fue la que me dio un espejo y una brújula, la que me dio calor cuando hizo más frío. Fue ella, con sus ojos y su sonrisa discreta, la que me hizo sentir seguro para crecer.
 
Escrito por Manuel
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sábado, abril 11, 2009,11:35 AM
La ciudad de la furia

"Buenos Aires se ve tan susceptible", reza la emblemática "Ciudad de la Furia" de Soda Stereo, en su melancolía urbana, de ángeles opacos y transeúntes de abrigos negros. La canción pasó por mis oídos una y otra vez.. y no dejé de encontrarle razón a la voz de Cerati mientras me sumergí en la capital argentina, en sus recovecos europeizados, la exageración arquitectónica, el semblante asertivo de sus habitantes, entre el olor de la humedad atlántica, la urbe que se mueve como una bestia sin domar, la belleza ajada pero intensa, las cicatrices de la crisis económica y un discurso que evoca al pasado luminoso de los 40.



Cuando pisé Buenos Aires lo primero que me hizo comprobar que estaba ahí, en el corazón argentino, fue el Luna Park: gigante, divertido, histórico. Pensé en los discursos políticos de antaño, los conciertos ochenteros de Virus o Charly García en medio de la histeria patria por las Malvinas perdidas, la aversión a todo lo que sonara anglo y el chauvinismo... tal vez una de las características más evidentes del país de los mates.


Pasé también de noche por la Casa Rosada, y claro, de inmediato el recuerdo de Madonna rasgando sus cuerdas vocales en 1996, desde el mítico balcón, trascendió la fama de la misma Evita con su "Don't cry for me Argentina" y la renuncia histórica a competir por la vicepresidencia junto a Perón. Las banderas albicelestes que en el Buenos Aires de abril de 2009 lucen a media asta por la muerte de Raúl Alfonsín... la noticia que marcaría todo el periplo.



En los intensos cuatro días, nos sumergimos con Lorena y Adriano por el barrio de San Telmo y su perseverante lucha por mantenerse intacto e incólume de la vorágine. Sus heladerías, el restaurant Federal con sus increíbles bifé de chorizo, las calles de hormigón reemplazadas por el adoquín, la feria del domingo con su evocativa exhibición que se camufla en el pasado perfecto, los sifones, teléfonos de disco, figuritas, mates, joyas y recuerdos... más allá los negocitos que se mantienen vivos (acá los supermercados son excepción) y los innumerables museos creados a partir de cualquier pretextos... Museo de refugiados checos en Argentina, Museo del ferrocarril antiguo de la costa, Museo del aniversario 100 de Avenida de Mayo... museos y teatros, cafés y boliches, librerías, confiterías, heladerías... multiplicadas, repletas, vivas, apelando a volcarse y ocupar el espacio público.


También conocimos Recoleta y su boato de tiendas de lujo y fachadas preciosas, el barrio de Palermo con su parsimonia italiana, la feria del libro usado donde -por fin- encontré "De parte de la Princesa Muerta" a un precio razonable, las tiendas de origamis, vinos argentinos, tiendas de lámparas, boutiques enfrentadas unas a otras en su anulada lucha creativa y vanguardista.. y la tarde colándose por los árboles y los letreros fastuosos.


El recorrido incluyó, por cierto, el colorido Barrio La Boca, con sus fachadas de utilería tanguera, sus calles repletas de turistas-fotógrafos, los souvenires y los héroes del país... un chico bailando como gaucho, figuras de Eva Perón, Maradona y Gardel saludando desde las alturas, los mates y frascos de dulce de leche, banderas albicelestes y acordeones... Luego, Puerto Madero y la bofetada contemporánea hacia el futuro, para convertir a Baires en la urbe que mimetiza a Nueva York en Sudamérica.. grandilocuente, audaz, divertida, y por sobre todo, exagerada.


También visitamos el Cementerio de Recoleta, con el santuario-tumba de Evita, la peregrinación a Alfonsín (recién enterrado y cubierto de flores y fieles despidiéndolo), los ángeles y estatuas que contrastan con la ciudad desatada histéricamente afuera...



Además, seguimos la ruta del mítico Café Tortoni, con sus expresos humeantes, facturitas y olor a pasado en los muros de madera noble, proseguimos por el Parque Japonés, el Congreso Nacional, el majestuoso Teatro Colón, la Librería El Ateneo (¡!) y las el sinfín de calles, esquinas, fachadas, el viejo metrotrén de madera (una joya), buses colorinches y el apetito bullente de Buenos Aires...humanizado en mi cabeza como un adicto a la noche, la intesidad, la buena vida y la risa sin grilletes.

De vuelta, me encontré con Santiago de noche, distraído, semidormido... y no dejé de pensarlo personificado como el estudiante estructurado, que combate consigo mismo y sus pasiones... y no sonríe nunca en su competitivo afán de disciplina. Quizá nunca haya sido así o, tal vez, momentáneamente, me deshice de su nostalgia en el país de la intensa exageración.
 
Escrito por Manuel
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martes, marzo 17, 2009,2:37 PM
Olor a cariño

Camino por un cerro de Valparaíso, una tarde de jueves. Sigo el trayecto de las calles torcidas y traviesas, que desafían la gravedad y nos convierten en acróbatas. De pronto, huelo desde una casa de latón verde olor a té, pan tostado y un queque recién horneado. Me detengo y con disimulo miro por la ventana. Diviso a una señora llevando las tazas y platos, disponiendo el queque en la mesa, el azucarero, los "batidos" en la panera, la mantequilla y la palta. De pronto, gira sobre sí misma y llama a sus hijos a "tomar once". Todos bajan y se sientan. El olor se hace más fuerte y me lleva 20 años atrás...


Qué nítido se dibuja el recuerdo de mi madre preparando el té mientras yo consumía mis juegos de niño en la tierra y en el barro... Ella miraba de lejos, preparaba algo rico. Podían ser roscas, panqueques o una torta de piña. Las delicias siempre eran una sorpresa. No revelaba nada. Sólo la veía de reojo enmantequillando el molde redondo del queque, batiendo huevos o vertiendo la leche... siempre con una sonrisa ansiosa, con la anticipación bajo la piel. El misterio terminaba cuando nos llamaba a "tomar once". Con mi hermana dejábamos los juguetes y los mundos construidos en cinco minutos, corríamos prestos y esperábamos que apareciera ella, con el manjar que tallaba sonrisas anchas en sus hijos.



Recuerdo también a mi abuela. Molía con ímpetu paltas. "Sólo Hass", decía. Les ponía un poco de aceite y sal y las llevaba a la mesa. Nada más exquisito, pienso ahora, que una marraqueta con la palta de mi abuela Sara. Nada mejor que un té de las pequeñas teteras casi extintas hoy. Nada igual al sonido de las cucharas mezclando el azúcar, mientras "Cine en su casa" o "Tardes de Cine" escapaban de los televisores con antenas.

Más adelante fue mi hermana mayor la que freía y revolvía huevos, esparcía orégano y sal, y lo ofrecía aún con el sonido del aceite crepitando para acompañarlo del pan crujente de la tarde.

Mi abuela, mi madre, mi hermana, las mujeres de mi infancia...siempre creando, cocinando, entregando, queriendo con el suave pincel de los sabores, texturas, olor y colores.



Hoy camino por Valparaíso y veo a las mamás que van a buscar a sus hijos al colegio. Diviso a las mujeres que compran el pan. Escucho de pasada a las que conversan sobre lo que harán de almuerzo al día siguiente. Huelo la vida, el olor a cariño, esos tonos adheridos a la memoria emotiva. Los pequeños recuerdos que jamás se olvidan.
 
Escrito por Manuel
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